Apoteosis Fanzine N °2 – Escenografía marginal

Rituales del habitar: una mirada a la arquitectura de los barrios periféricos de Medellín

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Ha llegado la segunda edición impresa de Apoteosis, el fanzine.

Nuestra atención ahora camina (¿o escala?), literalmente, hasta las laderas de la ciudad de Medellín; subimos escaleras, tomamos agua, usamos gorra, escuchamos cantar a los pájaros, ladrar a los perros y la estridente música que sale de un enorme bafle de aquel tercer piso. ¿También la escuchas? Se ve a una mujer cantar gritando, una señora extiende la ropa en su balcón, el señor de pantaloneta y crocs pasea a su perro, lleva una bolsita azul en su mano anticipándose a la necesidad de su mascota y atendiendo a la exigencia comunitaria de “si su perro lo hace por necesidad, usted lo recoge por educación”. Sin embargo, caminamos esquivando numerosas cacas, unas frescas y otras ya aplastadas por despistados transeúntes: se ve el rastro maloliente en el pavimento.

Escenografía marginal: rituales cotidianos en la periferia

Me veo rodeado de paredes, ventanas, puertas y de un color naranja: son ladrillos. Ahora, veo caminos y callejones por todas partes: estoy en un laberinto. Emergen de los barrancos casas de madera sostenidas por delgadas estacas, una sobre otra, cubren la montaña… este es el paisaje que habito. En casas como estas, que desafían toda ley arquitectónica y de ingeniería, vivo yo, viven mis amigos y viven sus familias. Aquí vive la otra ciudad, la otra Medellín que crece como una semilla de frijol entre algodón y se enreda, poco a poco en lo primero que encuentra.

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Barrios populares y la construcción de una escenografía marginal

San Javier, Manrique, Santo Domingo, Moravia o Villatina: todos podrían ser el escenario de estas historias.
¿Qué tienen de especial estas construcciones con limitaciones, precariedad y carencias visibles?

Precisamente allí radica su potencia estética: en la resistencia de quienes levantan una casa con sus propias manos, en la improvisación que convierte un muro en ventana o una terraza en mirador, en la vida cotidiana que late entre ladrillos desnudos y techos de zinc.

En el taller Libros Únicos con Roger Mello nació la idea de esta edición: explorar la escenografía marginal no solo como un espacio de carencia, sino como una estética cargada de símbolos, texturas y formas que revelan modos particulares de habitar. Cada grieta, cada color desajustado y cada material reciclado son también huellas de creatividad y afirmación.

Aquí represento fragmentos de esa poética de los barrios de ladera, un fenómeno que se repite en distintas geografías de Latinoamérica. Una geografía hecha de pendientes, escaleras infinitas y construcciones que, aunque frágiles, sostienen mundos enteros. No es solo arquitectura improvisada: es memoria, identidad y belleza en resistencia.

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Haciendo una revisión teórica para adentrarme conceptualmente al asunto, me encontré con una idea bien interesante que señala Gilberto Arango Escobar, arquitecto colombiano especialista en vivienda y hace referencia a que las escuelas de arquitectura colombianas y latinoamericanas se cuestionan si el hábitat popular desarrolla hechos espaciales, cualidades formales y expresiones estéticas para ser tenidas en cuenta en los estudios profesionales de formación y práctica. Arango apunta que sí existe un amplio espectro de realidades y posibilidades estéticas en las construcciones marginales.

Me sorprendió descubrir el debate, porque este fenómeno de urbanización hecha por cuenta propia en estos lugares no es nada nuevo, suponía que ya se estudiaba y analizaba formalmente en las escuelas de arquitectura e ingeniería locales. Pero más que esto, me aterró la mirada reduccionista que muchos arquitectos y estudiosos hacen de esta realidad palpable y evidente, además debo resaltar que se trata de una condición en la que vive un gran porcentaje de la población no solo nacional sino latinoamericana. Porque este hecho cobija a Latinoamérica toda. Debería, inclusive, ser una línea de investigación activa que proponga nuevas alternativas que se adapten a las realidades actuales.

Es importante resaltar los antecedentes sociales e históricos que definen a los pobladores de los barrios populares de Medellín: el colapso social producto del desgobierno y falta de planificación urbana. Los habitantes de estas zonas son mayoritariamente poblaciones desplazadas por la violencia que azota los campos y municipios desde hace décadas. La sobrepoblación de las ciudades principales es entonces una situación forzosa, pocas veces planificada y llena de un sinfín de matices que tienen que ver con la procedencia de estas gentes, sus condiciones socioeconómicas y culturales. Es un grupo heterogéneo al cual debe añadirse un ingrediente adicional: la migración venezolana sin precedentes que ha experimentado Colombia en los últimos 5 años. 

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La estética popular como objeto de estudio

Nadie se cambia de un lugar en el que está bien a otro en el que va a experimentar incomodidad, escasez, zozobra, un lugar en el que muchas veces se debe empezar desde cero… El fenómeno del desplazamiento o la migración incluye una cantidad inimaginable de elementos que sobrepasan cualquier texto académico; es un sentimiento profundo y el proceso de transición en muchos casos puede ser traumático. La necesidad o el deseo de un cambio trae (o lleva) a estas gentes a la ciudad. ¿Y a dónde llegan? Principalmente a las periferias.

En su texto “La periferia en disputa” Andrea Lissett Pérez Fonseca, define la periferia como “lugares inestables, de rápidos y constantes procesos de cambio en el uso, valor del suelo y espacio edificado”. Haciendo referencia ahora al término “periferias populares” y profundizando un poco más en la cuestión, nos encontramos con que se alude así a aquellas territorialidades urbanas construidas y transformadas por población empobrecida y marginalizada a través de procesos informales. Podríamos ampliar nuestra mirada a un contexto continental y aseverar, como lo hizo Alice Beuf, que las periferias populares de las metrópolis latinoamericanas nacieron y crecieron como alternativas informales de acceso a la vivienda para los ciudadanos excluidos de los mercados formales.

Colonización popular y creación de territorio

La “colonización popular”, como la define Jacques Aprile-Gniset, es mucho más que un proceso de ocupación de suelo: es un acto creativo, una forma de disputar el derecho a la ciudad. Allí donde antes solo había terrenos despreciados, potreros baldíos o taludes abandonados, surgen viviendas hechas con las manos y con lo disponible. No hay planos, no hay ingenieros ni presupuestos: apenas tablas, láminas, bloques sobrantes, puertas recicladas. Sin embargo, de la necesidad y la urgencia brota también la imaginación.

Ladrillo a ladrillo, piso sobre piso, el rancho se convierte en casa, y la casa en barrio. La escenografía marginal aparece como una arquitectura viva, en constante transformación. Balcones improvisados que se sostienen por pura fe, escaleras externas que serpentean como arterias, muros de ladrillo naranja que esperan algún día ser pintados, pero que mientras tanto ya cuentan historias. Cada ventana es una apertura al mundo, cada techo de zinc es un refugio, cada decisión es práctica, económica y estética al mismo tiempo.

Habitar en la precariedad no significa ausencia de belleza. Al contrario, la estética emerge de la resistencia, de la capacidad de transformar la escasez en forma y el despojo en símbolo. La colonización popular no solo crea vivienda: crea territorio, comunidad, pertenencia. 

La cosa no es nada fácil, al contrario, tiene todas las complicaciones que pueden haber: se debe construir en un paisaje montañoso y en una topografía de altas pendientes. Un vecino que es maestro de obra puede sentar las bases, levantar muros, echar una plancha. Así, estamos siendo testigos de un proceso de construcción que combina iniciativas individuales y colectivas. Debe añadirse un detalle importante: la adquisición o asentamiento en los territorios no siempre fue “tan fácil”; muchas veces se crearon conflictos debido al problema de la propiedad sobre la tierra. “La urbanización popular es un proceso de lucha y resistencia de los sectores subalternos de origen campesino y urbano ante las múltiples formas de exclusión, violencia y destierro, vividas a lo largo de varias generaciones en contextos de desigualdad social y conflictos armados” (Pérez Fonseca, 2018).

Cuando el tugurio, la choza o el rancho pasa a tener muros de ladrillo ya estamos frente a una casa que poco a poco se irá puliendo, el tiempo es relativo y la situación económica de los habitantes irá marcando el paso en que la vivienda mostrará sus características definitivas. 

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Ahora bien, el conflicto armado que antes se presentaba principalmente en las zonas rurales, desde la década de 1980 la dinámica cambia: la violencia se recrudece en las ciudades que dejaron de ser un escenario y se convirtieron en un objetivo geoestratégico, un territorio en disputa en el que múltiples actores armados buscan imponer control militar alterno (Naranjo, 2004). A esto se le suman el auge del narcotráfico y el establecimiento desmedido de las bandas criminales. 

Ha de ser aquí, la forma que va tomando la edificación depende del espacio del lote, sin embargo hay características comunes que se han ido estableciendo en el imaginario colectivo: la fachada consta de una puerta principal casi siempre ubicada en el centro con dos ventanas a cada lado. Esta composición presenta variantes, por ejemplo, si el terreno es muy angosto, solo se hace una ventana, las hay hasta sin ventanas frontales. Todo depende del espacio que se tenga. 

El segundo piso puede tener balcón, la puerta va al centro con sus dos ventanas laterales. Este balcón también puede constituir solo la mitad del frente del segundo piso, el tercero, o el cuarto. En caso de no contar con balcón, las variantes son múltiples: ventanal con barandal para poder asomarse al exterior, solo dos ventanas, etc. Aquí el maestro de obra y el propietario de la vivienda tienen total libertad creativa y harán lo que mejor les parezca a ellos teniendo en cuenta su presupuesto, que siempre hay que cuidar. Así se configura esta escenografía marginal.

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Escenografía marginal como lenguaje visual

El material más usado dada su disponibilidades y precio es el ladrillo naranja de arcilla cocida, que en una etapa posterior ha de ser revocado, muchas veces estucado para finalmente ser pintado. 

La escalera tiende a estar al exterior o en la misma fachada pues en cualquier estado de la construcción puede surgir la necesidad de un piso nuevo. 

El proceso de elaboración de las ilustraciones tomó un tiempo interesante pues se debía tener en cuenta, sobre todo, la ubicación de cada cosa en el papel, en este sentido el espacio fue fundamental para tomar cada decisión. Ahora, para las referencias se tomaron en cuenta imágenes no solo de San Javier (comuna 13) sino de todas las comunas que presentan este fenómeno, es decir casi todas. Quise jugar con las texturas, la superposición de elementos y traté de sacarle el máximo provecho al formato elegido. Cada imagen fue pensada para que funcionara en conjunto pero a la vez que contara una historia por sí misma. Aunque aquí, como filosofía del Movimiento Apoteosis: la imagen y el texto cuentan la historia 

Parafraseando a Arango Escobar, la ciudad popular es toda ella un balcón de adobe pelado, un laberinto en metamorfosis, un montón de escaleras, muchos gatos y perros y gente que escucha música a todo volumen, como mi vecina Yesica, que sé que nunca leerá este texto, pero que habita y construye conmigo esta escenografía marginal.  

Ya está disponible el segundo número impreso de Apoteosis.


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